LITERATURA PLATENSE

La Plata en su poesía

Pedro B. Palacios "Almafuerte"
POR GUILLERMO PILIA

Grandes figuras marcaron la historia de la literatura platense desde su fundación, tanto que se la ha llamado "la ciudad de los poetas"

Los orígenes de la literatura platense guardan cierta similitud con los del conjunto de la literatura argentina: en ambos casos, sus primeras manifestaciones fueron, necesariamente, obra de autores foráneos. Esta impronta parecería haber perdurado en el perfil literario de La Plata prácticamente hasta nuestros días. La primera característica referente a nuestras letras, o mejor dicho, a sus autores, es la de que un buen número de ellos no nacieron en esta ciudad, sino en el interior de la provincia, en el resto del país, y algunos fueron extranjeros asimilados al alma de La Plata.

Hasta 1896, en que Almafuerte se instaló definitivamente en la ciudad, el poeta de mayor alcurnia que vivió y actuó aquí de modo estable fue el rosarino Enrique Rivarola. Pedro B. Palacios (Almafuerte) se radicó en esta ciudad en 1887, y en ella vivió, con muchas alternativas, hasta su muerte en 1917. Continuaba, de alguna forma, la tradición de los primeros poetas que no fueron oriundos de La Plata -había nacido en San Justo en 1854- y que se mantendría, por distintas circunstancias, hasta hoy. Por la fecha de su nacimiento, Almafuerte pudo haber sido un hombre de la Generación del 80, pero existe una gran distancia desde el punto de vista literario entre nuestro escritor y los poetas representativos de esta generación: Guido Spano, Obligado o Cané. Sin embargo, como lo comprobó María Minellono, el estudio singularizado de los escritores del 80 muestra una variedad y diversificación muy lejanas a los esquemas con que tradicionalmente se identifica esta época. Sucede que ese "fin de siglo" fue rico en personalidades difíciles de encuadrar, y ningún escritor fue más refractario a cualquier definición genérica, se ha dicho, que Pedro B. Palacios.

En las primeras décadas del siglo XX la crítica literaria comenzó a identificar una "escuela de La Plata" que en realidad no era tal, sino el emergente de un grupo de poetas formados en un clima espiritual similar: la "generación de 1917", "primera generación platense" o "primavera fúnebre de La Plata". Abigail Lozano, Pedro Mario Delheye, Héctor Ripa Alberdi, Alberto Mendióroz, Francisco López Merino, tuvieron además la extraña particularidad de haber muerto los cinco en plena juventud.

Después de Almafuerte, quizás es Francisco López Merino (1904-1928) el primer poeta platense de trascendencia nacional. La obra de López Merino se reduce a dos títulos: Tono menor, de 1923, y Las tardes, de 1925. Después de su muerte, sus amigos reunieron en un tomo estos dos libros y sus poemas inéditos. Su breve obra ha sido relacionada con Musset, con Samain, con los poetas del simbolismo. Hay en sus versos una leve tristeza confesional y una pulcra tendencia a recrear el paisaje como "estado de alma" que lo acercan a actitudes románticas, a la vez que el equilibrio formal, en estrofas y vocablos, lo aproxima al rigor modernista.

Entre la llamada "Generación del 17" y la "Generación del 40", que es la que aparece a continuación con contornos bien nítidos, se extiende más de una década rica en figuras y tendencias, tanto en la poesía nacional como en la poesía platense. Casi todos los que han estudiado la historia de nuestra literatura están generalmente de acuerdo en la existencia de una serie de voces poéticas importantes anteriores a los escritores del 40, a la que se ha llamado "generación del 30" o "intermedia". Es al comienzo de esa década, precisamente, que aparece La novísima poesía argentina, antología preparada por Arturo Cambours Ocampo. Muchos de los poetas incluidos no han pasado a la historia, pero quedan algunos que luego se afianzaron en sus propuestas personales: el propio Cambours Ocampo, María de Villarino, Romualdo Brughetti. Esta "novísima generación" impugnó al surrealismo y al ultraísmo, en cambio incorporó un nuevo sentido poético y filosófico que más tarde aprovecharía la generación del 40.

LA GENERACION DEL 40
En cuanto a la Generación del 40, coincide con el período que va desde el golpe de Uriburu hasta el advenimiento del peronismo. El clima espiritual que vivieron estos poetas fue el emergente de un momento histórico que les negaba o impedía influir sobre los acontecimientos, la intuición -o la certeza- de que la poesía carecía de un fin o representatividad social, la conciencia de que los principios de esa sociedad se desintegraban, el sentimiento de que la vida no tenía sentido. De allí que el "combate" del que hablan estos poetas haya sido el de la poesía, encaminada a buscar lo universal e intemporal del arte, aquello que es superior a lo pasajero y contingente. De allí también que consideraran que el poeta tiene una altísima misión en el mundo y su canto una justificación indiscutible: lo permanente, tema y objeto del quehacer poético. El tópico central de esta promoción fue el tiempo: la nostalgia del pasado, de la niñez, de los años que ya no se recuperarán. Ligado al tema del tiempo perdido y de la infancia está el tono elegíaco y la contemplación iluminada de la realidad natural, en calma y armonía. En el caso de los poetas platenses, lo elegíaco se vio potenciado, con seguridad, por el clima local al que nos referimos hace un momento.

La Generación del 40 fue particularmente fecunda en La Plata. Por las características administrativas y universitarias de la ciudad, convergieron en ella las voces de muchos poetas llegados del interior de la provincia (Enrique Catani, María Granata, Horacio Núñez West) con las voces de los poetas locales (Carlos Albarracín Sarmiento, Alberto y Horacio Ponce de León). De todo este conjunto, algunos nombres se destacan en especial: Norberto Silvetti Paz, un poeta de reminiscencias clásicas y de tono filosófico; Ana Emilia Lahitte, cuya larga trayectoria la llevó desde la poesía formal de su generación hasta las formas más evolucionadas de la poesía actual; Gustavo García Saraví, poeta que se complace en reflejar un mundo cruel, los avatares de la vejez y la soledad, la llamada o el abandono del sexo; Aurora Venturini, una voz distinta, alejada del clásico lirismo lopezmeriniano y próxima a un sentido racional del arte, justamente revalorizada hoy en su faceta de narradora; y finalmente Roberto Themis Speroni (1922-1967), quizás el poeta platense más importante de esta generación.

LOS AÑOS 50, 60 Y 70
Un gran despliegue tuvo la poesía platense en los años 50, no sólo por la convivencia de los máximos representantes de la generación anterior con otras voces nuevas, sino también por la enorme cantidad de ediciones, muchas de ellas fomentadas por organismos oficiales. Entre algunos nombres particularmente destacables pueden citarse los de Leonor Centeno, Oscar Abel Ligaluppi, Mario Porro, Horacio Esteban Ratti, Manuel Casalla, Raquel Sajón de Cuello y Matilde Creimer (que publicó con el seudónimo de Matilde Alba Swann), referente de una poesía de denuncia social.

La década del 60 estuvo signada por variantes sociales que movieron a una gran cantidad de artistas a crear de manera innovadora y en diferentes direcciones. De hecho el golpe militar del 66 fue asestado inequívocamente contra la cultura, en el afán de cortar de cuajo el vuelo de las múltiples alternativas. En el panorama platense, la corriente innovadora de los 60 coexistió con otras ramas que provenían del tronco todavía fecundo de las décadas anteriores. Ya comenzaban a manifestarse en esos años poetas tan disímiles en sus propuestas como Néstor Mux y Rafael Oteriño. Los 60 fueron ricos en producción de poetas ya consolidados como en surgimiento de nuevas voces, sin contar con la marcha sostenida de los poetas de la generación del 40. Por ejemplo, en estos años no se había cerrado aún la obra de un poeta tan significativo como Roberto Themis Speroni, y estaban en plena madurez creativa Ana Emilia Lahitte, Aurora Venturini y Gustavo García Saraví, entre otros.

Para comprender la década del 70 en la poesía platense, resulta inevitable hacer referencia a determinados hechos que marcaron la labor de la mayor parte de los poetas actuantes: el enfrentamiento armado de grupos políticos antagónicos, la crisis económica, el golpe de estado de 1976, la represión militar sangrienta, la desaparición forzada de miles de personas, el exilio de una enorme cantidad de intelectuales, la censura, la instauración de una cultura economicista y, para cerrar esos diez años oscuros, el conflicto por el canal de Beagle que puso al país al borde de una guerra con Chile. A partir de estos datos, no pueden parecer extrañas ciertas características de la poesía de entonces: una inclinación cada vez más marcada hacia el hermetismo, el abandono progresivo de los recursos considerados tradicionalmente como poéticos, el descarnamiento en la expresividad y en los temas, la conciencia de que el solo acto de escribir entrañaba un hecho revolucionario y por lo tanto pasible de ser reprimido, la necesidad de crear vías de comunicación subterráneas o pequeños grupos de poetas en los que se pudiera encontrar un aire medianamente respirable. Entre los jóvenes poetas que se manifestaron en los 70 se encuentran los del grupo Latencia, compuesto entre otros por Abel Robino, Patricia Coto y César Cantoni. En 1978 Latencia convocó a un encuentro de jóvenes poetas del que surgimos muchos de los que ahora pasamos, con mayor o peor fortuna poética, el medio siglo.

Después de la profunda marca que dejó la generación del 40 en la poesía platense, y tal vez en la de todo el país, no llegó a vislumbrarse otro grupo visiblemente homogéneo que tomase la antorcha. No obstante, las décadas reseñadas a través de sus autores dan una idea de la riqueza y la diversidad de tonos de esos treinta años. Gran parte de los poetas de la generación del 40, como se ha apreciado, continuaron produciendo en este período unidos a los nuevos escritores, ya que la ciudad careció, en general, de actitudes "parricidas". Esto ha configurado, seguramente, una apretada trama que mantuvo el carácter de La Plata como "ciudad de los poetas".
DOS MENCIONES ESPECIALES
Más allá de las numerosas voces que perduraron y que aún siguen trabajando, es evidente que hubo un conjunto de poetas notablemente destacados cuyas obras se consolidan en estos años. Resulta inevitable la mención de dos de ellos: Horacio Preler, cercano en sus orígenes a la Generación del 40 (fue amigo de Vicente Barbieri, y también de Alberto Girri), que en una etapa de su vida en la que se encuentra colmado de libros y del afecto de los más jóvenes, sigue produciendo con increíble apasionamiento. Y Horacio Castillo, quizás el poeta platense de mayor trascendencia nacional, quien llevó el nombre de la poesía de esta ciudad a la Academia Argentina de Letras. Horacio Castillo, hoy lamentablemente ausente, desarrolló también un importante trabajo de difusión de la poesía a través de las páginas de El Día, primero en la mítica sección "Prosa y Verso" y más tarde desde el Suplemento Literario, en donde lo reemplazó con el tiempo otro valiosísimo escritor desaparecido: Gabriel Báñez.

A medida que se avanza en el tiempo, el carácter de la poesía platense se hace más fragmentario y aumentan las dificultades para marcar generaciones, grupos o tendencias. Por ejemplo, la década del 80 estuvo hegemonizada por los sobrevivientes de la Generación del 40, los popularmente conocidos como "poetas capitales" y los que por entonces éramos más jóvenes e íbamos creciendo y publicando al lado de estas figuras. Pero el juego estaba abierto para la incorporación de otros protagonistas.

En la década del 90 se hicieron varios esfuerzos por censar lo que podríamos llamar "los recursos poéticos" de la ciudad. Sudestada (1995) fue un libro que sintetizó, apenas en una pequeña parte, las décadas de fecunda labor del taller de poesía de Ana Emilia Lahitte, concretada en cientos de hojas, desplegables y cuadernillos. En 1998 la Municipalidad de La Plata y el Instituto Rega Molina, presidido por el poeta Atilio Milanta, organizaron un ciclo de poesía en el palacio López Merino del que participamos 36 autores platenses de las entonces "últimas generaciones", material que se convertiría en el libro con que abrió sus actividades La Comuna Ediciones. Desde entonces, no han sido pocas las publicaciones que han testimoniado que la poesía platense no es una página de historia, sino una manifestación actualizada del alma de la ciudad: las revistas literarias, como fue en su momento Aromito, los blogs de poesía, los grupos que se reúnen en el Centro Cultural Malvinas y otros ámbitos, los concursos del Grupo Hespérides y del Taller Ponce de León, en los que siempre se descubren nuevos valores.

Mucho se cuestionó, sobre todo en estos últimos años, que se le diera a La Plata el mote de "ciudad de los poetas", como si ello fuera en detrimento de otras actividades artísticas que documenta este trabajo de El Día. Pero es indudable que la literaria fue siempre, desde la fundación misma de la ciudad, una de las más importantes, como lo comprobamos con María Elena Aramburú al escribir en 2001 la Historia de la literatura de La Plata. Lo demuestra no sólo la estadística, sino también otros acontecimientos emblemáticos: el homenaje de Juan Ramón Jiménez a López Merino en 1948; las visitas de poetas extranjeros de la talla de García Lorca, Gerardo Diego y Rafael Alberti (y más recientemente Gonzalo Rojas o Luis García Montero); la proliferación de revistas especializadas que bien estudió Elba Alcaraz en su momento; el apoyo de los medios periodísticos a nuestras letras; y el hecho de que la Universidad de La Plata sea una de las pocas, si no la única del país, que cuenta con un espacio dedicado a nuestra actividad literaria: la Cátedra Libre de Literatura Platense "Francisco López Merino".


Guillermo Pilía es Profesor en Letras y escritor. Dirigió desde 2005 hasta 2010 la Cátedra Libre de Literatura Platense "Francisco López Merino" de la Universidad de La Plata. (127 Aniversario de El Día")

Narradores entre diagonales

Benito Lynch
POR MARÍA ELENA ARAMBURU

De Benito Lynch a los jóvenes escritores, un repaso de las obras más destacadas concebidas en nuestra ciudad y sus autores
El panorama histórico de una narrativa creada en la ciudad, y por escritores residentes en ella, parte necesariamente de Benito Lynch (1880-1951) y sus primeros "cuadritos domésticos" que publica en las páginas de El Día, bajo el seudónimo de E. Thynon Lebic, anagrama de su nombre. Siendo su padre uno de los principales accionistas, comienza como cronista social y aprovecha la experiencia para pintar con ironía el pequeño mundillo de esa flamante sociedad provinciana. Sin valor literario, apenas esbozados los personajes y situaciones, Benito Lynch nunca los reunirá ni dará a conocer. Desde 1903 a 1913 en El Día aparecen más de treinta de estos textos que estudiosos como Juan V. Colángelo dieron a conocer (1) en su momento. Benito Lynch, al amparo de sus muchas lecturas evoluciona como narrador, y en El Día y La Nación, o en revistas como El Hogar y Leoplán, entre otras, se dan a conocer los cuentos que hoy se han reunido bajo títulos como De los campos porteños y Cuentos camperos. Paralelamente a esta producción de cuentos, va ensayando el formato más extenso de la novela, y así se suceden Plata dorada (1909), novela de grueso tinte naturalista y en 1910, ya tiene esbozado Los caranchos de La Florida, cuyo primer capítulo aparece en El Día, aunque su concreción como novela será recién en 1916. También Lynch experimenta como dramaturgo y en 1911 aparecen en el diario dos comedias satíricas, El cronista social, de poco éxito al ser representada, y Ex ungue leonem. Atilio Boveri, amigo del escritor, ilustra la primera con caricaturas en la revista Ars, que él dirige. Luego va a ilustrar la tapa de la 1ª edición de Raquela (1918), novelita optimista de Lynch, con final feliz. Las mal calladas (1923) es la única novela de ambiente urbano, pero pese al hallazgo de su título, carece hoy de interés literario. Inspirado por las lecturas de viajeros como Charles Darwin y Alexander von Humboldt a nuestras tierras, concibe El inglés de los güesos (1924), obra ésta donde el arte narrativo de Benito Lynch alcanza sus mayores logros, ya sea en la pintura del ambiente, en la psicología de los personajes, en la cuidada progresión cómico-trágica que lleva al desenlace fatal. El romance de un gaucho (1933), su novela más extensa, se resiente de la prolongación de un conflicto que va perdiendo interés en los muchos vericuetos de la trama. La Nación la publicó previamente en forma de folletín. La progresiva reclusión de Benito Lynch que lo llevó al aislamiento casi total, privó a la ciudad de uno de sus intelectuales y narradores más interesantes. Falleció en 1951 en la casa de la diagonal 77, dejando el misterio de su silencio y el enigma de su personalidad.

Narradores contemporáneos a Benito Lynch, que publicaron obra narrativa en la década del 30 -resume Enrique Sureda (2)-, fueron José Cendoya, cuentista, y José Picone -conocido poeta y hombre de la cultura- con la novela María, la inmigrante. En 1938 aparecen Ruta trágica de Alejandro Denis y Silvano Ponce, de Delfor V. Méndez. Las décadas del 40 y 50 van a ver el surgimiento de nombres como Alejandro Denis Krause, hijo del anterior, reconocido periodista, con dos nouvelles, Agosto febril (1943) y La historia del señor Andrés (1944), de ambiente kafkiano. Alberto Ponce de León obtiene el Primer Premio de Emecé con La quinta (1956), sobre la decadencia de una familia y los prejuicios de clase; la novela Mi propia horca (1956) de Juan Manuel Villarreal, sale finalista en 1955 de los premios Kraft de novela. Curiosamente la novela que obtuvo ese premio de la prestigiosa editorial, fue Niño Pedro (1956), de Pilar de Lusarreta, ambientada en nuestra ciudad, en los tiempos iniciales de la fundación.

MITAD DEL SIGLO XX

En 1958 la editorial Hachette da a conocer El hombre olvidado, de Rodolfo Falcioni,(1916-1979) reconocido médico y escritor que ya había publicado dos volúmenes de cuentos y una novela corta, de dispar valor. La novela del 58 fue múltiplemente premiada y requerida para el cine, y Oscar Fraga la ilustró como historieta en las páginas de este diario entre 1977 y 1978. El marco histórico es el de la Campaña al Desierto y el tema la desilusión amorosa y el vacío ante la inestabilidad de los valores. Como dramaturgo, se conocen dos obras de Falcioni, A través del espejo (1957) y Beatriz no quiere desnudarse (1964). El cuento El cedro herido, publicado en El Día en 1961, fue plagiado en el filme Los Monstruos, de Ettore Scola y Dino Risi y su autor resarcido luego ante el reclamo. Otra novela platense llevada al cine fue Pobres habrá siempre de Horacio Velázquez, de fuerte denuncia social, protagonizada por Hugo del Carril.

Ya en la década del 60 se da a conocer con varios volúmenes de relatos y novelas, el profesor Andrés H. Atanasiú (1925-2009), de origen ensenadense pero radicado en La Plata. A títulos como Sandro o la soledad y El maestro, ambas nouvelles de 1963, le siguen Los restos del naufragio, premio del Fondo Nacional de las Artes en 1970 y La luna en menguante (1976). La temática de estas obras -de acento kafkiano-, es la imposibilidad de transmitir el mundo interior, la espera de algo que nunca sucede, la decepción y la soledad más raigal. Preludio y muerte de amor (1994) es la última novela de este autor recientemente fallecido. Su obra ha sido traducida al japonés y al griego, y es objeto de estudio y de tesis en el extranjero.

En 1967, la obra El río, de Perla Ayllón, recibe el Premio Olivetti con un jurado internacional y Borges la recomienda para su publicación.

AURORA VENTURINI Y GABRIEL BAÑEZ
Por su incansable actividad literaria, la originalidad de su estilo, el reconocimiento de numerosos premios y distinciones en el país y en el exterior, se impone en la ciudad el nombre de la destacada escritora Aurora Venturini (1922). El premio Nueva Novela Página 12, de 2007 a Las primas ha sido el hecho más resonante de su actividad creativa en años recientes, pero su obra narrativa comienza en 1963 cuando la Municipalidad da a conocer su libro de relatos Cuaderno de Angelina (Premio Raúl Scalabrini Ortiz, 1973), y desde entonces, además de sus libros de poesía, ha dado títulos como Progrom del cabecita negra (1969),(Premio Municipal), Las Marías de Los Toldos (1991) Premio del FNA, Nosotros, los Caserta (1992)(Premio Pirandello de Oro, de Sicilia), La Plata, mon amour (1993), Hadas, Brujas y señoritas (1997), Me moriré en París, con aguacero (1998), Bruna-Maura, Maura-Bruna (2006), Las primas (2008).

Prosa intensamente poética la de estas narraciones, sus descarnadas evocaciones donde se mezcla lo autobiográfico con el "delirio consciente", traen ecos del tortuoso universo de William Faulkner, y también del cándido pero implacable narrador que encontramos en Truman Capote. La historia y la política argentinas de mediados del siglo pasado atraviesan esas páginas cargadas del dramatismo de enfrentamientos irreconciliables, persecuciones y exilio. La experiencia de lectura que propone Venturini desde estos textos, es una huida de todas las normas que se tienden alrededor del género y un desafío a abismarse en los oscuros meandros de voces narrativas que vacilan en los bordes de lo real y lo fantástico, de la lógica y la locura, de la fe y el nihilismo. Aguda ensayista, Aurora Venturini ha hecho valiosas traducciones y estudios críticos de los poetas franceses, François Villon, de Isadore Ducasse (Conde de Lautréamont) y de Arthur Rimbaud, trabajos por los que el gobierno de Francia le otorgó la condecoración de la Cruz de Hierro. En 2009, Las primas fue distinguida en Madrid con el "II Premio Otras voces, otros ámbitos" como la mejor novela en español editada ese año. Como estímulo a la creación literaria, Aurora Venturini convoca anualmente, desde 2002, al Premio Literario que lleva su nombre, en distintos géneros. La escritora continúa su incesante actividad creadora y actualmente se pueden leer sus columnas en El Día y Página 12.

Porque el que se fue/ con lo que llevó/ se dejó el silencio/ y llevó la voz/, dicen antiguos versos de poeta español cuando evocamos a Gabriel Báñez. En julio del 2009 La Plata, la literatura y el periodismo argentinos sufrieron el impacto de una partida inexplicable. En El Día llevaba más de tres décadas al frente del suplemento literario al que había ingresado muy joven y desde donde dio cátedra de crítica y teoría literaria, además de promover y alentar, con inusual generosidad, la difusión de escritores nóveles. Escritor de enorme talento, no siempre reconocido, eligió quedarse en el universalismo profundo de La Plata porque desdeñaba el provincianismo de los círculos literarios porteños, a los que nunca adhirió. Había obtenido poco tiempo antes de su fallecimiento, en octubre del 2008, el Primer Premio Internacional de Novela Letra Sur, por La cisura de Rolando, además de estar incluido entre los autores argentinos seleccionados para la Feria de Frankfurt. Su producción narrativa, siempre en la búsqueda de la experimentación estética abarca Parajes (1977), El capitán Tresguerras fue a la guerra (1980), Hacer el odio (1982), El curandero del cuarto oscuro (1990), Paredón, paredón (1992), Los chicos desaparecen (1993), llevada al cine, Virgen (1998), Cultura (2006).

Un trabajo incesante sobre la palabra, una constante reflexión no exenta de humorismo sobre las posibilidades expresivas, una mirada irónica -desencantada y tierna a la vez- sobre la condición humana, alientan en las novelas de este gran narrador. Desde La Comuna Ediciones hizo una inmensa tarea de difusión de la literatura local. La editorial, en homenaje póstumo, publicó en noviembre de 2009, Posted by, corte y confección de antología, una colección de notas -ingeniosas, lúdicas, cómicas y tremendamente nostálgicas-, del blog de Báñez. La introducción a cargo de Juan Becerra y Sergio Pujol dan cuenta de la dimensión humana y artística del desaparecido escritor.

OTROS CONTEMPORANEOS
Escritoras contemporáneas a Báñez son Paulina Juszko, con títulos como Te quiero solamente pa'bailar la cumbia (1995), narrativa comprometidamente confesional, Esplendores y miserias de Villa Teo (1999), mistificada fábula de Villa Elisa, El año del bicho bolita (2008), experimento goyesco de una realidad desarticulada. Graciela Falbo, prestigiosa narradora de la ciudad, cuya mayor producción se reconoce en la literatura infantil, ha sido numerosas veces premiada y reconocida por libros como El fantasma del cañaveral; El conquistador; El misterioso ombú de la fábrica, entre otros.

En 1985 sorprendió la noticia de un joven escritor platense, hasta entonces desconocido, que se hacía acreedor al Premio Fortabat de novela con Tejiendo agua. Leopoldo Brizuela (1961) desarrolla desde entonces una carrera ascendente en la narrativa, que incluye el Premio Clarín de Novela en 1999 por Inglaterra, una fábula, ampliamente traducida y elogiada por la crítica desde su publicación. El placer de la cautiva (2000), nouvelle, Los que llegamos más lejos (2002), cuentos, son otros tantos títulos de su abundante producción literaria que se destaca por el refinamiento de una prosa en la que convergen las más variadas vertientes de la literatura occidental. Especialista en temas folklóricos, Brizuela ha publicado libros de reportajes a cantantes y también una serie de obras sobre el arte de escribir. Despliega una intensa actividad periodística como crítico literario en Clarín, La Nación y Página 12. Dirige, también, un taller literario.

Esteban López Brusa (1964) se dio a conocer como original narrador con La temporada (1999), obra finalista del Premio Planeta 1996 y luego, con La yugoslava, obtuvo el Premio Leopoldo Marechal de Novela Breve 2001. Su última obra, Huevo o Cigota (2009) lleva el título homónimo del programa que condujo por Radio Universidad. La muela del juicio, reconocida revista literaria, fue fundada y codirigida por él. Enseña literatura desde las aulas del Colegio Nacional y en su taller literario. Otros nombres destacados de la narrativa platense actual, con obras premiadas son Juan Bautista Duizeide, con En la orilla, Premio Leopoldo Marechal de Narrativa Breve 2004, y Kanaka, Premio Julio Cortázar de Novela corta, 2004. Este escritor original de Mar del Plata, ha realizado su obra narrativa y periodística en la ciudad. Juan José Becerra (1965), nació en Junín pero reside en La Plata, desde donde ha dado significativos títulos como Santo (1994), Atlántida (2001); Miles de años (2004) y la más reciente Toda la verdad (2010). Sus colaboraciones como agudo crítico literario suelen aparecer en los suplementos culturales de diarios y revistas de actualidad, así como en programas radiales. Ha desplegado una intensa labor además, como coordinador en el Centro Cultural Islas Malvinas. Ramón Tarruela (1973), también coordinador de ciclos culturales vinculados a la literatura en ese Centro, ha dado a luz obras comprometidas con la ciudad como Crónicas de una ciudad, historias de escritores vinculados a La Plata (2002), Mitos y leyendas de la Plata (2007), y una novela, Balbuceos (2008), además de participar de un sello editorial. Claudia Bernazza con Crónicas de la ciudad perfecta (2000), María Laura Fernández Berro, con El camino de las hormigas (2005) abordan, asimismo, narraciones ancladas en la historia de la ciudad. Entre los más recientes, debemos mencionar a Fernando Alfón (1975) que lleva publicados Miseria de los felices (1998), El vallado bermejo (2000) y Que nunca nos pase nada (2003). Por su parte, Facundo Báñez (1976), conjugando su aquilatado oficio del periodista con el de narrador, publicó Sueño macho (2001), y Un león en la trinchera (2008).

Conscientes de que en este recorrido habrá involuntarias omisiones, deseamos que a los lectores este panorama le aporte un conocimiento más amplio de los muchos valores que se han dado y se están dando en la literatura local, y que ello sirva para el sostén que toda actividad creadora merece.


María Elena Aramburú es docente, ex rectora del Colegio Nacional y coautora del libro "Historia literaria de La Plata", junto a Guillermo Pilía (127 Aniversario de El Día")